No todas las lágrimas son de tristeza

Erase una vez un muchacho de nombre Manuel. A Manuel siempre le había gustado estudiar mucho.

De hecho era uno de los estudiantes más aplicados en su colegio, siempre sacaba las mejores notas y sus papás se sentían muy orgullosos de él.

Manuel no tenía muchos amigos, pues consideraba que una verdadera amistad requería conocer muy bien a la otra persona, para así poder apoyarla cuando lo necesitara y no únicamente estar con ella en los buenos momentos. Su mejor amiga respondía al nombre de Mirella.

Ambos se habían hecho amigos incluso antes de entrar al jardín de niños, pues eran vecinos en la misma calle. Todo parecía marchar muy bien en la vida de Manuel, concluyó su primaria con honores y obtuvo una beca para entrar a una de las escuelas secundarias más prestigiosas de la ciudad.

Desafortunadamente, una terrible desgracia cambió el rumbo de su vida para siempre.

Un día, sus padres salieron a la costa con motivo de un viaje de negocios. No habían pasado ni tres horas de ese suceso cuando el teléfono sonó y Manuel alcanzó a escuchar una voz que decía:

“Disculpe, ¿hablo a la casa de la familia Fernández?”.

-Si- contestó el muchacho.

“¿Me podrías pasar por favor a una persona mayor?”.

-No, no hay nadie, mis padres no están.

“Me apena muchísimo decirte que el Sr. y la Sra. Fernández, fallecieron en un accidente de auto. Necesito que le avises a alguien para que venga a tramitar los papeles. Hablamos de la Clínica Macule, la dirección es Parque Centenario número…”.

A partir de ese momento Manuel se quedó sin palabras, se le hizo un nudo en la garganta y comenzó a llorar. A pesar de eso anotó todos los datos que le dio aquella mujer. Colgó el teléfono y continuó llorando hasta que sacó las fuerzas suficientes para tomar de nueva cuenta el teléfono y así poder contarle a su abuela lo sucedido.

El funeral no lo recuerdo muy bien, ese evento quedó grabado en mi memoria como si se tratara únicamente de una colección de imágenes entrecortadas. No obstante, aún puedo sentir la angustia que tenía Manuel al no saber qué era lo que le deparaba el futuro. No sabía si continuaría viviendo en su hogar, si cambiaría de colegio o si dejaría de ver a sus amigos.

Toda esa serie de preguntas, lo mantuvieron sin dormir varias noches, hasta que se enteró que iría a vivir a casa de su abuela, con quien cabe decir que nunca llevó una muy buena relación. Sin embargo, era el único pariente con que contaba este pobre chico.

Ello significó mudarse no sólo de casa sino de localidad, dejando toda su vida tras de sí. Es más, ni siquiera tuvo la oportunidad de despedirse de Mirella personalmente, le mandó una carta diciendo lo siguiente:

“Mirella: sabes que eres mi mejor amiga y que te quiero mucho. No importa que el tiempo ni la distancia nos separen, siempre estarás en mi corazón. Te quiere Manuel.”

Los primeros tres años en casa de su abuela de Manuel fueron un infierno. Todo el cariño y amor que aquel adolescente había experimentado en su niñez, se convirtió abruptamente en regaños y malos tratos.

No le permitieron seguir estudiando, con el pretexto de tener que ayudar a la anciana con quien vivía con sus labores.

No obstante, Manuel se las arregló para continuar en la escuela, aunque fuera en secreto. Posteriormente, las cosas se fueron suavizando entre su abuela y el, curiosamente cuando éste consiguió su primer trabajo y comenzó a cooperar con los gastos de la casa (esto ocurrió cuando terminó la secundaria).

Durante todo ese tiempo no volvió a saber nada de sus antiguos amigos. Solamente le daba pena haber perdido contacto con una persona. Mirella, por supuesto, a quien a pesar de llamar constantemente por teléfono, le perdió la pista.

Transcurrieron más años y llegó el momento en que Manuel decidió entrar a la universidad, para poder estudiar leyes y convertirse en un abogado, tal y como eran sus padres. Se preparó bastante para el examen de admisión, estudiaba en sus horas libres, por la noche y en ocasiones hasta en sus horas de comida. Desafortunadamente, pese a todos sus esfuerzos no pasó la prueba. Decepcionado pensó que tal vez era mejor así.

Al día siguiente fue a un café internet para revisar su perfil de Facebook y se encontró con una solicitud de amistad un poco rara, se trataba de una persona a quien no conocía, pero la imagen de su biografía le pareció simpática, por lo que aceptó dicha solicitud.

Rápidamente se hicieron buenos amigos, pasaban horas y horas platicando en el chat.

A los cuatro meses, Manuel sintió curiosidad por conocer quién era “Tulipán” (ese era el nombre que se mostraba en pantalla),

Pronto concertó una cita a ciegas en un merendero muy famoso de aquella localidad. Justamente a la hora acordada, se presentó un caballero y se dirigió hasta donde Manuel se encontraba. Sin decir una palabra, le entregó dos sobres numerados y se marchó.

Manuel abrió el primero de ellos y dentro de éste encontró dos documentos, el primero era una nota que decía:

“Como me comentaste los problemas que tuviste al tratar de ingresar a la universidad creí que tal vez podía ayudarte. Espero no me lo tomes a mal. Con cariño Tulipán”.

El segundo papel era ni más ni menos que una beca completa para estudiar la carrera de derecho en la universidad de San Pedro.

Manuel en un primer momento no se explicó el porqué de tan noble gesto. Afortunadamente sus cuestionamientos quedaron disipados por completo cuando abrió el sobre número dos.

En su interior se encontraba la nota que él le escribió hacia ya mucho tiempo a Mirella. Al final de esta se encontraban anexadas unas cuantas líneas que decían: “Los verdaderos amigos, se apoyan en los momentos buenos, pero sobre todo lo hacen en los malos. No quería que por pena o por orgullo no quisieras hablarme, por eso es que utilicé un seudónimo. Te quiero Manuel”.

Alcé la mirada y vi a mi amiga por primera vez después de más de siete años. Nos abrazamos y lloramos un buen rato.

Es por eso que digo que no todas las lágrimas son de tristeza, ya que también las hay de felicidad. Si tienes la fortuna de contar con un amigo, trata de cultivar esa amistad como si se tratara de una flor. Pues la amistad es de los amores más bellos y desinteresados que existen.

¡VOTANOS!

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