No quiero perder a ninguna de las dos

Sé que de ninguna manera soy la única persona que ha transitado por una situación similar, pero estoy desesperado y no sé qué hacer. Espero que alguno de ustedes pueda ayudarme, dándome un consejo.

Me llamo Ricardo, tengo 17 años y mi historia empezó en la fiesta de cumpleaños de mi amigo César.

A César siempre le han gustado las celebraciones “a lo grande”, o sea, muchos invitados, comida, música, bebida etc. Recuerdo que ese día llegué a su casa temprano para ayudarle a organizar todos los preparativos.

Mientras estábamos acomodando la mesa de refrescos en una de las esquinas del patio, le pregunté:

- ¿A cuántos invitaste esta vez? Ojalá no sean tantos como el año pasado, todavía me duele la espalda de todo lo que tuvimos que recoger.

- Tranquilo Richard, contando a mis amigos de Facebook, los de la prepa y mis parientes, seguro no pasan de 100. Rió fuertemente.

Total, transcurrieron las horas y la gente comenzó a llegar. Era una noche perfecta, no hacía ni frío ni calor y en el cielo se podía observar una gran luna llena que iluminaba aún más el lugar.

En este punto, debo mencionar que yo casi no me llevo con ninguno de los amigos de César, salvo con sus primos así como con algunos amigos de la secundaria. Puesto que él y yo estuvimos juntos desde la primaria, hasta esa instancia académica. Sin embargo, como es mi mejor amigo, nos seguimos viendo por lo menos una vez a la semana.

Estaba sentado tomando una soda, cuando escuché la voz de una chica. Dirigí mi vista hacia dónde se encontraba y quedé con la boca abierta. Era una niña preciosa, delicada, alta, morena y de ojos color verde esmeralda.

Me le acerqué y le pregunté:

- ¿Quieres bailar?, A lo que ella respondió:

- Ahora no, tengo el tobillo un poco lastimado, pero gracias.

- De nada. ¿Te molesta que me siente tu lado?

- No, para nada

Entonces arrimé mi asiento a donde ella estaba y nos pusimos a charlar. No sé cuánto tiempo transcurrió, pero de momento todo el patio quedó vacío. Únicamente quedábamos nosotros dos, mi amigo y unos pocos de sus parientes.

Nos despedimos y debido a que la pasamos muy bien, intercambiamos números telefónicos y quedamos de volver a vernos en otra ocasión.

Estuvimos saliendo Paloma (así se llama ella) y yo durante unos meses. Hasta que nuestra relación de amistad poco a poco se transformó en amor.

Como yo veía que mis sentimientos crecían más y más, creí que era el momento oportuno de dar el siguiente paso y formalizar la relación.

Esto implicaba llevarla a mi casa, para que mi familia le diera “el visto bueno”. Ciertamente no sabría decirles quien estaba más nervioso esa tarde mientras íbamos en el auto, si ella o yo.

Llamamos a la puerta y mi madre nos abrió. Estaba vestida con su mejor ropa, traía puestos collares y anillos, en fin todo lo posible para impresionar. Por otro lado, mi padre, de traje y corbata, ya se encontraba sentado a la mesa.

Como dicen, se podía cortar la tensión del ambiente con un cuchillo. Nos sentamos y al principio todo parecía marchar sobre ruedas.

En ese momento mi mamá le dijo: Paloma, es un placer conocerte, déjame decirte que eres la primera chica que mi hijo trae a esta casa. Debes de ser alguien muy especial para él. Por ello quiero que desde este instante, me consideres una amiga.

Luego llegó la sopa y todo continuaba sobre algodones. Inclusive las “chicas” empezaron a platicar sobre temas triviales y de vez en cuando se alcanzaba a escuchar una que otra risita. Sin embargo, cuando el plato fuerte hizo su aparición, toda aquella camaradería desapareció en un suspiro.

Pechugas de pollo rellenas de queso y espinacas. Tu platillo favorito – dijo mi mamá.

Segundos antes de que les sirviera a Paloma, ésta le dijo: ¡Uy Señora, qué pena! No voy a poder comerla, aunque se ve deliciosa, pues sucede que soy alérgica a las espinacas.

El semblante del rostro de mi mamá, se modificó por completo. Con voz fuerte pero sin gritar dijo: No te apures, te puedo preparar otra cosa. Y tú, Ricardo, ¿por qué no me lo dijiste? hubiera hecho otra cosa de comer.

No se lo dije, simplemente porque no quería que comenzaran los conflictos, antes de que se conocieran personalmente. Y además aunque se lo hubiera dicho, no habría cambiado el platillo, pero en fin…

Ni mi mamá, ni ella comieron nada, salvo pedacitos de pan. Mientras tanto mi padre y yo, sólo nos lanzábamos miradas.

Era hora del postre y todo sugería que las aguas regresaban a su nivel, es decir, que aquel desagradable “bache” había quedado en el olvido.

No obstante, mi madre tenía un as bajo la manga. Sin ninguna justificación, soltó una pregunta definitiva:

- Y a todo esto hija, cuéntame ¿qué religión profesas?

- Ninguna Señora, ya que pienso que los actos que uno realice, son los que definen a una persona. No obstante, respecto a todos los creyentes.

Aunque pudiera parecer, una respuesta completamente respetuosa. Mi mamá no lo tomó nada bien. Sobre todo porque ella es una persona extremadamente católica.

Luego de eso, nadie habló. Al poco rato llevé a Paloma a su casa y cuando regresé a mi hogar, mi mamá me dijo:

- Ricardo, solamente te voy a decir una cosa. Tienes que decidir o esa chica o yo, pues ambas no podemos convivir en el mismo techo pensamos muy diferente. A parte no lo creo una palabra de eso de la “dichosa” alergia, lo que seguro sucede es que se trata de esas niñas mimadas que no comen nada. No se la verdad que le viste…

¿Ahora, me comprenden? No sé qué hacer, si seguir con mi novia y herir con ello a mi mamá. U olvidarme de Paloma y que entonces sufra ella y mi corazón. Te pido por favor un consejo. Muchas gracias.

¡VOTANOS!

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2 Responses to No quiero perder a ninguna de las dos

  1. bianca says:

    k boniszz io tanbien tengo uan largahisthoria de amor

  2. lily says:

    pues mira buena esa pero el amor es amor y tu madre deve comprender que auna mujer que amas no ves sus cualidades ni su fisico sino loque hay en su corazon…

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