El relato que estoy a punto de contarles, sucedió apenas unos cuantos meses atrás. Todo comenzó de una forma muy curiosa. Acababa de entrar al tercer semestre de preparatoria cuando de repente, prácticamente sin avisarnos, nos cambiaron de salón. Así es, una mañana apareció pegada en la ventana de nuestra puerta una circular que decía lo siguiente:
“Estimados alumnos del grupo PR0312 se les informa que a partir del día de hoy y hasta que concluya el curso, tomarán la asignatura de geometría analítica en el salón C201 en el horario de las nueve de la mañana. Esto con motivo de los arreglos que se le están haciendo a los edificios de la institución. Sentimos las molestias que esto les ocasiona“.
Esa noticia era terrible, o al menos eso pensé en un primer momento, ya que no sólo significaba tener que trasladarse a otro sitio totalmente diferente dentro del campus, sino que implicaba un cambio en mi horario, pues esa clase originalmente me tocaba a las siete.
En fin, ni modo sólo quedaba resignarse y aceptar las consecuencias. Miré mi reloj y me di cuenta que marcaba las 7.06 am. ¿Qué hacer?… ¿Qué hacer? Como era lunes por la mañana, ni siquiera tenía algún trabajo pendiente que pudiera adelantar para la semana. Pensé entonces en ir a la biblioteca y pedir prestado un libro para ponerme a leer. Pero para mi mala suerte, los lunes esa parte del colegio la abren hasta las ocho. ¡Puff! otra brillante idea que se esfumaba tan rápido como llegó a mi mente.
Entonces, de pronto un amigo (mi estómago) me sugirió una gran idea, ¡era hora de ir a desayunar! Y eso fue lo que hice, a tan sólo unos pasos de la escuela, de hecho para ser más precisos, en la esquina había un pequeño lugar llamado “buen provecho” el cual acababa de abrir sus puertas hacia apenas un par de semanas. Entré y todo estaba muy bonito, las paredes mesas y sillas estaban pintadas en diferentes tonos de color naranja. Elegí una mesa que estuviera cerca del televisor, para poder escuchar las noticias y de vez en cuando alzar la mirada, si la cosa se ponía interesante.
Junto al servilletero se encontraba el menú, apenas había empezado a leer algunas líneas del tríptico cuando ágilmente se me acercó un mesero y me preguntó ¿qué vas a ordenar?
Cómo me sentí un tanto presionado por el hombre, que estaba agitando su lápiz y su libreta, di un último vistazo y le dije: me traes por favor un batido de fresa y una empanada de piña. En un parpadeo, los alimentos aparecieron frente a mí. Terminé de desayunar y me quedé viendo el segmento deportivo del noticiero, hasta que vi que faltaban diez minutos para las nueve. Pagué rapidísimo y me fui a todo correr para llegar a tiempo al edificio C.
Ya en el pasillo, choqué con una chica. No sé por qué, pero era una de esas muchachas que tienes que volver a ver para saber si son reales o no.
¿De qué salón pudo salir?, Pensé. Esa pregunta únicamente podía tener cuatro posibilidades, pues aunque existen en cada piso diez salones, solamente éstos se encuentran designados a los alumnos de preparatoria.
Lo mejor de todo era que ese cuestionamiento no me iba a atormentar durante toda la tarde, ya que al día siguiente lo averiguaría. El Martes, llegué con toda antelación (quince minutos antes) y observé, para mi sorpresa que la muchacha estaba justamente en mi mismo salón.
La campana sonó, y por primera vez nuestras miradas se cruzaron. Ella inclusive me sonrió. Yo por el contrario, no dije nada, me quedé contemplándola. Era muy bonita, alta, de cabello castaño y ojos oscuros.
Estaba todavía en las nubes, cuando de momento escuché la voz de mi profesor diciendo que la clase ya iba a comenzar. De manera que había que esperar al miércoles, para hablarle.
Desafortunadamente, ese día al igual que el anterior, la misión fue infructuosa. No por mi culpa, sino porque esa mañana ella no se presentó a clase. El jueves, se me hizo tarde, no obstante, cuando me encontraba más desconsolado un rayo de esperanza iluminó mi camino: En la banca donde ella se sentaba, descansaba sobre la paleta una libreta. Miré la etiqueta y decía: Vanesa.
Para el viernes, el plan estaba totalmente trazado, llegué al lugar indicado y cuando sonó la campana, al verla salir le dije: ¡Vanesa, ayer olvidaste esto! (Yo tenía su libreta en la mano).
Ella volteó y gritó ¡No puede ser, donde la encontraste! La estuve buscando todo el día, ¡eres mi héroe!, muchísimas gracias. De nada, estaba sobre tú banca, le respondí.
¿Pero cómo sabías que era mía, si sólo nos vimos un par de veces en el pasillo? – Replicó.
Lo que pasa es que tengo clase en este salón, justo cuando tú sales. Por cierto, me llamo Xavier. – Contesté.
Oye Xavier, ¿qué te parece, si cuando termine tú clase te invito a tomar un café y así me cuentas todo con más calma? Este es mi número de móvil.
¡Perfecto!, yo te llamo. – Le dije.
Desde ese momento no hemos dejado de estar juntos. Apenas el 20 de mayo pasado, cumplimos tres meses de novios.
No cabe duda que los caminos del amor, en ocasiones pueden llegar a ser muy extraños.
