Entré a la preparatoria, la muchacha que llamaba mi atención ni “me pelaba”, solo pasaba a mi lado con gran indiferencia como dice la canción de Pedro Infante, por esa razón, dejé de seguirla y me enfoqué en mis estudios.
Al año siguiente conocí a una chica maravillosa de nombre Alejandra, nos hicimos muy amigos pero al poco tiempo comencé a sentir que me gustaba. Todos los días nos sentábamos juntos en los descansos y hablábamos de muchísimas cosas. Todo era celestial excepto porque Ale tenía novio. Ella me decía que estaba cansada de él pues era muy celoso y no le gustaban los hombres así.
Total, un mes después terminaron y empezamos a pasar mucho más tiempo juntos.
Un día subí a reunirme con unos amigos en el salón. En eso la vi pasar por el pasillo, la tomé del brazo y le dije: Ale no te vayas quiero hablar contigo. “¿De qué quieres hablar conmigo?” Es algo muy personal le respondí. La metí al salón, que afortunadamente estaba vacío, y cerré la puerta. La empujé contra la pared, la miré fijamente a los ojos y la besé. Ale salió corriendo del salón y durante el resto del día no hablamos.
A la mañana siguiente nos saludamos como si nada hubiese pasado. Así pasaron unas semanas, hasta que en el colegio organizaron una noche colonial. En esa velada le robé el segundo beso, que por cierto, en esta ocasión ella no salió despavorida, sino todo lo contrario, bailamos toda la noche.
No dijimos nada, pero a partir de ahí fuimos inseparables. Estudiamos la misma carrera, pues tenemos muchísimas cosas en común.
Me voy, porque precisamente hoy es nuestro segundo aniversario de Bodas y no me gustaría llegar tarde. Hasta pronto.
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