El amor divino es ese sentimiento que tenemos hacia esa entidad superior que rige y domina el universo, estamos hablando lógicamente de Dios.
Dios como tal no es más que un concepto teológico, que nos ha acompañado prácticamente desde que tenemos memoria. Pues desde nuestra más tierna infancia, éste se encuentra presente en nuestras vidas; independientemente de la religión que profesemos pues como dije anteriormente Dios es el nombre que le damos en castellano a esa deidad superior que posee además un carácter de omnipotencia, lo cual quiere decir que posee un poder ilimitado o dicho de otra manera: infinito.
En la mayoría de las religiones del mundo Dios es señalado como el creador de todo el universo y por ende creador de la vida. Sin embargo, como suele ocurrir con aquellos conceptos que son un tanto complejos, éste ha tenido diversas interpretaciones, es decir, diferentes lecturas a lo largo del tiempo.
La primera de ellas es la visión filosófica. Ésta afirma que Dios tiene la capacidad de someter la voluntad humana de acuerdo con sus designios específicos, que no solamente es el creador de todo sino también “la persona” encargada de proteger y conservar todo a su alrededor, que posee poder absoluto sobre todas las cosas, tiene la capacidad de estar presente en cualquier parte y sabe perfectamente todo lo que ha sucedido así como también todo aquello que va a suceder.
La segunda visión le toca a las religiones (budismo, cristianismo, judaísmo etcétera)
Aquí Dios es observado como si se tratara de un ser eterno, trascendente y por supuesto inmutable. Otros grupos religiosos afirman que Dios se encuentra por encima de “la moralidad”, es decir, que cuando se hace referencia a éste las referencias a la bondad y maldad salen sobrando, ya que estas definiciones son única y puramente humanas y por tanto sólo deben aplicarse al hombre.
Ahora le toca el turno a la tercera visión, ésta tiene que ver con lo concerniente a la etimología. Etimológicamente la palabra Dios deriva del latín deus cuyo significado es deidad. Dicho término latino tiene su origen en la raíz indoeuropea deiw que quiere decir “brillar”. Cabe señalar que de esta raíz también deriva el término griego Ζεύς o Zeus.
Por otra parte, en las lenguas de origen germánico la palabra que se utiliza para nombrar a dicha deidad procede de la raíz ǥuđan, de donde tienen su derivación las palabras “god” en inglés así como “gott” en idioma alemán.
En contraste, en hebreo la forma de llamarlo era Yahveh que representa una derivación de lo que se conoce con el nombre de tetragrámaton (la forma de referirse a Dios en sí mismo).
Ahora que ya tenemos una base sólida para comenzar, pasemos a definir entonces que es el amor divino.
A diferencia del amor que podemos sentir y expresar de manera recíproca hacia nuestros semejantes (amigos, pareja, padres etc.), El amor divino solamente puede ser expresado, dejando de lado la esperanza de recibir una retroalimentación inmediata como ocurre en el caso anterior.
No obstante, el regalo supremo que nos ofrece esta clase de amor es sin duda alguna el sentimiento enorme de satisfacción que nos produce.
Hay quienes afirman que en la medida en que el ser humano sea más material y menos espiritual, o sea, mientras más apegado se encuentre el hombre a sus bienes materiales, mayor será su necesidad de conseguir amor divino, pues no se halla en comunión con el medio que lo rodea.
Una cosa que debemos de tomar muy en cuenta es que el amor (cualquiera que sea su tipo) no debe ser condicionado, es decir, entregarse poco a poco. Sino todo lo contrario, debe darse de manera ilimitada y sobre todo de forma generosa.
A medida que el amor divino aumenta, se genera una relación directamente proporcional al bienestar de la persona. Esto quiere decir que cuando en el alma del hombre habita el sentimiento de divinidad, todo fluye de mejor manera, pues éste se vuelve más consciente con su entorno. Y como consecuencia será capaz de entregar más amor a sus semejantes, para generar en ellos la paz y la tranquilidad necesarias para que realicen sus actividades de manera plena, pues todos aquellos defectos propios del ser humano (envidia, codicia, maldad etcétera) desaparecerán y únicamente quedarán presentes las virtudes (Paz, felicidad, hermandad, alegría etcétera).
El amor divino sólo se obtiene por medio de oraciones honestas y sinceras. Contrario a lo que pudiera pensarse, el amor divino no se genera de la consecución de buenas acciones, como pueden ser: ayudar al prójimo, acatar y llevar a cabo de manera correcta las normas morales que rigen a la sociedad, o desear el bien a los demás, entre otras cosas. Todo aquello no son sino anhelos e ideales humanos.
Para que el amor divino reine en nuestros corazones, es indispensable que uno abra completamente su alma y su espíritu hacia lo etéreo. Estoy hablando de lo que se conoce como tener fe en algo completa y puramente intangible.
De acuerdo con las situaciones que estemos transitando, el amor divino puede ser entendido como la suma de todos los amores que hayamos conocido hasta ese momento, ya que su esencia representa lo más grande a lo que el hombre puede llegar a amar.
Finalmente, es de suma importancia comentar que ciertas personas nunca llegan a experimentar esta clase de sentimientos debido a que generalmente éstos son contrarios a nuestras concepciones de la vida.
Desde que somos pequeños se nos enseña a competir casi en cualquier cosa. Ya sea, en primera instancia, por ser el hijo más querido (si es que tenemos hermanos), ser el mejor estudiante, el mejor amigo, el mejor amante, el mejor jugador etc. Para obtener el reconocimiento del grupo al que pertenecemos.
Sin embargo, nos olvidamos por completo de que a Dios no le importan esas cuestiones. A él sólo le interesa quiénes somos en nuestro interior y siempre está dispuesto a escuchar nuestros problemas.
